Por: Mirna Inturias
Socióloga, investigadora social, especialista en temas indígenas, identidad e interculturalidad y transformación de conflictos ambientales.

Indígenas, madres y lideresas

Sin duda, las mujeres indígenas provenientes de distintos pueblos del Oriente, Chaco y Amazonia fueron el otro pie que sostuvo la marcha. Madres y a la vez lideresas, con los ideales claros, lucharon por la dignidad y la defensa de sus territorios como hace veinte años lo hicieron sus abuelas en la marcha del 90 por el “territorio y la dignidad”. Cerca de 400 mujeres indígenas, representantes de 34 pueblos del Oriente, Chaco y Amazonia, marcharon desde el 15 de agosto junto con sus esposos, hijos y abuelos, hasta llegar a la ciudad de La Paz después de 65 días de caminata. Algunas autoridades y sectores de la población civil criticaron a los marchistas por incluir niños y mujeres embarazadas en la marcha y exigieron que se los retire de la movilización. Al respecto, cabe hacer una precisión: estos pueblos son ‘familias grandes’ que funcionan de esa manera; cada miembro de la familia juega un rol fundamental y los hijos no se separan de los padres. La marcha es una manifestación pacífica de autosacrificio donde toda la familia participa por la defensa de su territorio y su vida.

Pero, ¿cuáles fueron las facetas más destacadas de estas mujeres? Una de esas facetas es su actuación como lideresas de sus propias comunidades y sus respectivas regionales, puesto que su pueblo había depositado en ellas su confianza. Había entre ellas jóvenes con ese valor e ímpetu propios de la juventud, pero también estaban esas otras lideresas que año tras año han ido ocupando distintos cargos en la comunidad, en sus regionales y en mandos superiores tales como la Confederación de Pueblos Indígenas de Bolivia (CIDOB) o la Confederación Nacional de Mujeres Indígenas de Bolivia (CNAMIB), mujeres que han adquirido experiencia y claridad de objetivos, constituyéndose así en puntales fundamentales del movimiento; por ejemplo, Justa Cabrera o Nelly Romero, ambas lideresas históricas, ambas guaraníes; aguerridas luchadoras por los derechos de sus pueblos. Destaca también la asambleísta indígena de origen ayoreo Teresa Nominé que desde su curul luchó inquebrantablemente por el respeto al TIPNIS.

Estas admirables mujeres se constituyeron en voceras de la marcha demostrando coraje y coherencia, mujeres que haciendo escuchar su voz en los medios de comunicación nacionales e internacionales, hicieron conocer a la sociedad boliviana e internacional la posición de los marchistas y se enfrentaron con firmeza en incontables debates con representantes del gobierno.

En medio de toda esa valentía y coraje desplegados, ocurrieron hechos penosos; Miriam Yubanore, vicepresidenta de la Central de Pueblos Étnicos Mojeños del Beni (CPEMB) fue duramente agredida y amordazada por los policías durante la violenta represión policial de Yucumo; Nazaret Flores, vicepresidenta de la Central de Pueblos Indígenas del Beni (CEPIB) —quien no declinó nunca ese a todo—, llegó a La Paz llevando en su vientre un bebé que no resistió la larga travesía y murió. Sin duda el autosacrificio personal y familiar de estas mujeres por el bien común es indescriptible e invalorable. Junto a éstas, una gran mayoría de mujeres anónimas que posiblemente salieron por primera de vez de sus comunidades rumbo a la ciudad de La Paz acompañadas de sus hijos y esposos, son las que tienen los pies en la tierra, las que día a día sienten la pobreza de vivir en territorios saqueados, violados por los “otros”; las que sueñan con una buena educación para sus hijos, las que administran el maíz y la yuca que la tierra les brinda generosamente.

Por tanto, en la VIII Marcha por la Defensa del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS) vimos movilizándose por igual tanto a mujeres jóvenes, como a madres, dirigentas, abuelas; todas indígenas y económicamente pobres, pero sin duda valientes defensoras de sus derechos y de sus aspiraciones a una vida mejor. 

Ideales y papel en la marcha 

Sus ideales fueron los mismos que de los hombres. Saben que “no hay indígenas sin bosque, ni bosque sin indígenas”, por ello estaban conscientes que la única manera de evitar que se destruya el TIPNIS era marchando, era comunicando al resto de los bolivianos que su vida estaba en riesgo, que su “madre tierra” estaba en peligro puesto que junto con la carretera vendría una deforestación indiscriminada y la invasión de incontrolables oleadas de migrantes.


El papel de las mujeres en la marcha fue, pues, fundamental. Después de más de 30 días varados en la población de Yucumo, tras el frustrado diálogo con el Canciller Choquehuanca y ministros del gobierno, las mujeres en un acto de valentía y desesperación decidieron rodearlo y obligarlo a marchar junto con ellas para romper el cerco. Y lo lograron. Fue un acto heroico y decisivo en el desarrollo del conflicto. Pero, no fue el único papel que jugaron; las mujeres junto a los hombres tomaron decisiones y definieron estrategias, cuidaron a los niños, alimentaron a los marchistas y en momentos de desesperación se mantuvieron tanto o más firmes que sus compañeros varones.

La VIII Marcha por la defensa del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS) no puede pensarse o relatarse sin pensar y reconocer el papel gravitante de todas esas mujeres en la misma. Mujeres que junto a los hombres decidieron soportar fi rmemente las difíciles circunstancias, que garantizaron la unidad de sus familias y la continuidad de una movilización indígena que finalmente arribó y plantó banderas en la ciudad de La Paz. Una marcha de mujeres, niños y hombres libres, recibida y vitoreada por la ciudadanía paceña bajo el estribillo: “el TIPNIS somos todos”.